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Etiqueta: Levántate y canta (página 1 de 2)

Italia, arte y trampa

En conversaciones Sabadell con mi cerebro yo le propongo Italia y él me responde arte y trampa. Luego deja entreabierto un pliegue, lo aparto con las manos y comienza a sonar esta canción sobre frames de la Italia campeona en España 82.

Seis días antes de la final contra Alemania en el Santiago Bernabéu, tres italianos anticiparon lo que iba a suceder. Paolo Paltrinieri, Lorenzo Canovi y Romeo Corpetti (I Masters) saludaron desde la radio con la versión futbolera del popularísimo ‘Da Da Da’ de Trio, los titanes de la nueva ola alemana. Saludaron tres engominados con un crucifijo invertido y el minimalismo alemán acabó arrastrado para la causa hasta el eternamente festivo zulo del italodisco. Gano Italia, siempre arte y trampa.

El Millwall contra el mundo

Nos guste o no, el Millwall existe en el album de cromos porque los campos donde ha vivido siempre han sido viveros de pasión incondicional y cafrada a partes iguales. En los años setenta, con la cultura hooligan hirviendo y salpicando fuera de la olla cada dos por tres, viajar al sur de Londres como visitante no era el mejor plan si querías volver a casa con todos los dientes sanos. Allí, junto a los astilleros, creció la mala reputación de una hinchada especialmente conflictiva y también uno de los cánticos más famosos del mundo. “Nadie nos quiere y no nos importa”, cantan todavía los aficionados del Millwall adaptando una tonada del mucho más sentimental Rod Stewart.

La cosa es nosotros contra el mundo en una combinación de resistencia, necedad, sentimiento de clase y delincuencia más futbolero que los tacos de aluminio. Lo mejor que has hecho en tu vida ha sido perder por goleada contra el Manchester United en una final de Copa pero sigues berreando que eres el ‘Super Millwall’ cada fin de semana. Los colores, casi siempre, producen efectos alucinógenos.

Defender tu cuadradito de mierda a zarpazos solo porque es tu cuadradito de mierda no es afición exclusiva del Millwall (se me ocurre más de una afición española con la manía persecutoria por bandera) pero nadie lo ha cantado como ellos. Desde luego, nadie como Cascarino y Sheringham celebrando el malditismo y la liga de segunda del 88.

Levántate y canta: hasta el final

Nacho Lago la clava desde la primera estrofa. El fútbol se aprende de los hermanos mayores, los padres, los abuelos y de los muertos también. Es su caso y es del resto de oviedistas que no dormirán durante las próximas dos semanas pensando que una ampliación de capital en falso puede joderles la vida. Y ya que el enfermo se la juega, mejor caminar hacia lo que sea con música. A guitarrazos.

“Hoy solo puedo verme gritar hasta verme enroquecer y una vez más voy a salir y cantaré mil veces por ti” La letra no lo dice pero detrás hay fútbol en peligro de extinción. El del equipo del norte que tenía el campo embarrado un domingo sí y otro también. El de la afición insobornable pero los vampiros en el palco. Uno más del batallón de escudos que sobreviven en el alambre fruto de gestiones demenciales que justifican el odio al fútbol moderno.

Como la voz se abre paso orgullosa y digna sobre un rasgueo de guitarra, el Oviedo, más clásico que el rock clásico, se resiste a ser tragado por el sumidero del fútbol español. Está por ver que lo consiga.

Hace un par de días arrancó el tramo decisivo en la ampliación de capital que determinará si el Oviedo vive o muere. La afición está tan arrastrada como los versos de Lago pero sigue dando ejemplo de dignidad y amor a unos colores comprando acciones en masa. Veremos si lo conseguimos pero en Oviedo queremos seguir cantando.

Levántate y canta: el tío Silvio

Otra cosa no, pero Silvio Berlusconi siempre ha sido un buen maestro de ceremonias. Aunque más a menudo de lo tolerable le hayamos visto como un Tío Creepy que anticipa alguna astracanada con susto, hay que reconocer que micrófono en mano Silvio es imparable. Y en este congreso con los lemmings de la extinta Forza Italia agarró el micro bien fuerte.

En dupla imparable con Mariano Apicella, el que se hizo famoso por cantar las ocurrencias del viejo líder en cuatro discos inexplicables, se vino arriba con la chanson. Como un Jacques Brel destartalado al que su amatorial audiencia brinda aliento para el último gorgorito, Berlusconi llena la sala. De un perfume dulzón y pegajoso que acaba por molestar pero la llena.

No cuesta imaginar a este Milan decadente como un canción fuera de tono, como uno de los chistes picantes que el presidente gusta de explicar entre despacho y despacho. Aquí introduce la tonada comentando que ese talento para la balada le sirvió para financiar sus estudios en la universidad de La Sorbona. Lo cierto es que nunca se matriculó allí, lo suyo fue el derecho en la facultad de Milán, pero sí trabajó como cantante de orquesta en sus años mozos. Mentiras gruesas con un poso leve de realidad, como el Milan de estos últimos años.

 

 

Levántate y canta: el rey del mundo

Nunca cometeré la gilipollez de querer pronunciar correctamente Crvena Zvezda como exigen los parabólicos más taraditos a sus comentaristas de cabecera y si algún día me obligan que sea en las mismas condiciones que los protagonistas de este vídeo. ¡Qué fiesta cuando el Estrella Roja ganó la Copa de Europa! Aunque haya pasado tanto tiempo que de aquel fútbol, de aquella Europa, solo quede un recuerdo distorsionado.

Aquella noche en Bari fue memorable también en lo musical. Primero en San Nicola, con dos de las aficiones más calientes del mundo, la del Marsella y la del Estrella Roja, animando como si la grada estuviera al borde del abismo. Como si el 29 de mayo fuera el último día de todos los calendarios. Ganaron los yugoslavos tocando tambores de guerra en la grada, por allí andaba Arkan, pero sobre todo en el verde. Prosinecki, Mihajlovic, Savicevic y Darko Pancev desencadenaban contragolpes con el ánimo vertiginoso de los bigotones que soplaron la tuba aquella noche.

Bailando agarrao como dos abuelos en el dancefloor de Benidorm, van Savicevic o Jugovic, pero el que destaca es otro. En el centro de todos los corrillos, gastando su clásica mirada ausente. Con el paquete de Marlboro en el bolsillo y una borrachera histórica, va un genio rubio que todavía no sabe de lesiones ni decepciones. Suena la música y esa noche, Robert Prosinecki es el rey del mundo.