Adriano Celentano engañando en el Giuseppe Meazza

El Inter tenía a Facchetti, Mazzola y Suárez. El Milan se apañaba bien con un tal Rivera. En 1967 el estadio de Milán era una olla enorme a la que no le faltaba un garbanzo pero allí que se fue Adriano Celentano a improvisar ocurrencias para entrarle a una en los aledaños del campo. Lo canta con su habitual gracia extravagante el titán de la música italiana en ‘Eravano in 100.000’

La canción es un homenaje al regate y al catenaccio. Celentano se planta al borde del área, levanta la cabeza y busca el hueco con picardía. Le dice que se conocen de otro sábado en la grada. Primer despeje. Pero el narigón vuelve con un proyecto de regate imposible en mente y mientras balancea el cuerpo para el amague le explica que si no lo recuerda es porque aquel día había cien mil fulanos en el campo. Segundo despeje. Llegados a este punto sobre el trequartismo y solo quedan los balones a la olla sin ton ni son hasta reconocer que por ella han dejado de importarle hasta los colores. Italianísima maniobra sin éxito.

El apellido Celentano está ligado al Inter para lo bueno y lo malo. Para lo malo está la hija del mito, que intento robarles su himno, el mítico ‘Pazza Inter’, y prohibirlo antes de los partidos. Rosita, de espíritu calculador y belleza tan grosera como para protagonizar algún capítulo de ‘Sexo en Nueva York’, tenía los derechos de la canción y se negaba a abrir la mano. Al menos mientras el Inter no le sirviese su parte del pastel.

Para lo bueno está Adriano, interista hasta la médula y responsable de un momento impagable del imaginario del club. En la fiesta del centenario le propuso a Massimo Moratti cantar el himno juntos en el centro del estadio. “Cantar con Celentano es como jugar con Pelé”, dijo Moratti, ya consumada la relación. Y por fin hubo romance en el Meazza.

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