Charlie Williams, humor negro

Vuelco los cromos sobre la mesa, los revuelvo de un manotazo y quedan bocarriba la foto del juerguista y la del chupón. Como por ensalmo. Hasta el borde de la mesa se desliza la del que murió de manera trágica y desde el centro, como burlándose de mi evidente tara mental por culpa del fútbol, me mira un portero bigotudo. Desgastada por los bordes aparece la imagen del mercenario de cristal que nos robó durante cuatro temporadas y al fondo, sepultada bajo un taco, se adivina la del maricón que nunca pudo abrir la boca en el vestuario. Entonces, en medio de ese tapete de estereotipos tan útiles para el periodista en la que he convertido la mesa del salón, descubro un cromo diferente.

Un primer vistazo al trocito de cartón dice que Charlie Williams (Royston, Inglaterra, 1927) fue uno de los primeros futbolistas negros que consiguieron ganarse el pan jugando en Inglaterra, pero lo más curioso aparece en el envés. De repente la carta se vuelve objeto de coleccionista y te canta que tras colgar las botas, Williams se convirtió también en el primer cómico negro que la rompió a lo grande en el Reino Unido. No al modo involuntario de un Lobo Carrasco afectado o de ese Julen Lopetegui maestro del meme desmayado. No, un humorista con todas las letras.

Williams nació junto a las minas en Barnsley en el seno de una familia mestiza y a los 14 años ya hacía lo que el resto: picar carbón en vez de asistir al colegio. Buena pretemporada para su próximo trabajo. Con 19 años comenzó a jugar como defensa central en el Doncaster Rovers de tercera, de nuevo picando piedra, no sin recibir los habituales palos en la rueda por su condición de mulato. Basta leer una cita suya en el obituario que publicó ‘The Telegraph’ tras su muerte en 2006 para imaginar su traza como futbolista.

No era un jugador elegante, pero podía parar a aquellos gilipollas

Foto: Luigi’s 50’s & 60’s Vinyl Corner

Durante once años hizo la de Eto’o en el Leganés, corrió como un negro para sobrevivir como un blanco. Pateo la pelotita al cielo, se jugó los dientes, saltó, rascó, enrolló las medias cargadas de barro en la mochila y marco un único gol. Todas estas cosas a las que solían dedicar su vida los futbolistas de segunda y tercera división antes de Instagram. Hasta que en 1959, con 32 años y un descenso al abisal fútbol de la cuarta división como broche, decidió colgar las botas y dedicarse a su otra gran pasión: los escenarios.

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Cuando la espuma suave del fútbol jugado deja de acariciarte los pies las opciones para seguir estirando el chicle se reducen. Con conocimiento y enchufe uno puede ganarse la vida como entrenador y si decide bajar unos cuantos peldaño como comentarista deportivo. Los más espabilados quizá puedan jubilarse bien a base de comerciar con las carreras de los que en su día fueron tus compañeros de profesión, pero no hay mucho más. William tenía otros planes y se dedicó a peinar los baretos de Yorkshire buscando trabajo en el mundo del espectáculo. En primer lugar fue cantante, pero cuando notó que sus comentarios ácidos entre coplas retorcían de risa al personal cambio el registro del micrófono y entregó su vida a la comedia.

Desde los primeros años sesenta, el mulato Charlie Williams comenzó a ser cara conocida en los ‘working men’s clubs’ de media Inglaterra. Fue en esos locales sociales que venían siendo centro de reunión y vía de escape para los trabajadores del país desde el siglo XIX donde Williams pulió su número. Entre pintas, billares y cartones de bingo, se hicieron populares sus diatribas sobre la vida del currante y el racismo en el fútbol. De repente un negro con acento de Yorkshire venía a hablarles de su infancia en los años treinta, de su experiencia en la mina y a poner en solfa un cuantos dogmas. Fue un éxito inmediato, como recuerda el cómico Lenny Henry. “Sabíamos que venía de allí. Y nos encantaba”

A principios de los años setenta Williams se coló en los salones de todo el país desde el escenario de “The Comedians”, un show de monologuistas que emitía Granada TV por el que desfilaba lo más granado del humorismo nacional. El antiguo central explotaba el problema racial para cascar hostias en ambas direcciones. Lo mismo amenazaba a la audiencia blanca con mudarse junto a su casa si se portaban mal que se burlaba de los “pakis” y sus pésimas condiciones de vida. Para 1972 y mientras daba gracias a dios porque hoy no le habían deportado, entre carcajadas del respetable, Williams se había convertido en una estrella.

‘Shiver and Shake’ (Foto: kazoop)
‘Shiver and Shake’ (Foto: kazoop)

A los llenazos en Londres y los especiales televisivos le siguieron contratos para presentar concursos, giras por África en incluso su propia tira cómica a final de los años 70. Mientras el Frente Nacional peleaba por la repatriación de todos los inmigrantes del Reino Unido, Williams llenaba durante seis meses el London Palladium. Su carrera declinó en los ochenta y se apagó definitivamente en la década de los noventa, desvirtuada definitivamente su figura entre un público liberal que despreciaba su defensa de las minorías negras y los que le acusaban de esconderse tibio bajo la bata de estrella en lugar de luchar con fuerza por los derechos de los negros. Quedaron unas carcajadas en fade out y el sonido fofo de un balón deshinchado al fondo. Se llamaba Charlie Williams y habrías apostado todo tu dinero a que aquel tipo no era futbolista.