El último Tomas Brolin fue como una matrioska llena de dolor, desenroscándose cada día para ofrecer una versión más patética de sí mismo.  Gigantesca en 1994, diminuta y magullada solo tres años después. Mantecoso y desnortado, blanco de las burlas del comentarista pese a la sangre que le cruza su moflete generoso tras una morrada  en el aire con un defensa va Brolin, Elvis hinchado del fútbol noventero, para el Crystal Palace.