La República Checa, esa legión de fontaneros y jebis de barrio, aquel cuadro que no arreglaría ni Ramiro. Eran los chichos no los checos y se perderían en el filo de unas tijeras, donde las maquinillas eléctricas acumulan lo cortado o bajo un sillón giratorio pero el caso es que se fueron para no volver.